El Viejo Almacen -Bs.As.

Surplus Approach

“Es necesario volver a la economía política de los Fisiócratas, Smith, Ricardo y Marx. Y uno debe proceder en dos direcciones: i) purgar la teoría de todas las dificultades e incongruencias que los economistas clásicos (y Marx) no fueron capaces de superar, y, ii) seguir y desarrollar la relevante y verdadera teoría económica como se vino desarrollando desde “Petty, Cantillón, los Fisiócratas, Smith, Ricardo, Marx”. Este natural y consistente flujo de ideas ha sido repentinamente interrumpido y enterrado debajo de todo, invadido, sumergido y arrasado con la fuerza de una ola marina de economía marginal. Debe ser rescatada."
Luigi Pasinetti


ISSN 1853-0419

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15 ene. 2017

El suicidio de la izquierda



Posteamos un articulo que describe el debate impulsado por dos libros recientes, el de Barba, A. y Pivetti, M. (2016)  "La desaparición de la izquierda en Europa" y el de Cesaratto, S. (2016) "seis lecciones de economía. Conocimientos necesarios para entender la más larga crisis (y cómo salir de ella)".

Pensamos que ofrece una interesante descripción de la situación de la izquierda europea y que sus observaciones tambien pueden interesar a la izquierda de nuestra región.




Carlo Galli

La demolición de los templos del neoliberalismo, profanado y deslegitimado, pero todavía elevados sobre nuestras sociedades y nuestras políticas, comienza a partir de pensamiento crítico, capaz de despertar al mundo "del sueño que se sueña a sí mismo." En este caso, la economía heterodoxa, declinada en clave teórica e histórica por Sergio Cesaratto - En sus “seis lecciones de economía. Conocimientos necesarios para entender la más larga crisis (y cómo salir de ella), Reggio Emilia, Imprimatur, 2016 -, exponente de una posición no keynesiana ni pikettiana ni "benicomunista" sino sraffiana, y por lo tanto en última instancia compatible con el marxismo.

En su trabajo de deconstrucción de la lógica mainstream se encuentran los fundamentos del neo-Marginalismo dominante: a saber, que el concepto clave de la economía es la curva de demanda de un bien; que existe una tasa natural de interés, una tasa natural de desempleo, un salario natural, y debe dejarse de afirmar; que hay equilibrio y armonía entre el capital y el trabajo; que existe una relación inversa entre los salarios y el empleo (y, por tanto, que el pleno empleo requiere la moderación salarial); que el sistema económico por sí solo alcanza el equilibrio de pleno empleo si no hay obstáculos a la flexibilidad del mercado de trabajo; que el ahorro viene antes de la inversión; que la oferta de dinero determina los precios; que el enemigo a batir es la inflación y para ello hay que aplicar políticas de austeridad y deflación, y mientras tanto usted tiene que quitar el control del dinero a la política, y conferirlo a un banco independiente que estabiliza la tasa de inflación.

A todo esto Cesaratto contrasta tesis clásicas: que la economía tiene por objeto la producción de excedentes y el conflicto para redistribuir los beneficios entre las partes que lo determinan (capitalistas y trabajadores), de manera que el equilibrio distributivo no es natural, sino histórico y político, vinculado a las posiciones de fuerza de los contendientes; que la moneda tiene un origen endógeno y no pertenece a un ámbito distinto de la economía real; que el factor crítico para el desarrollo es la demanda agregada; que la inflación es el resultado del conflicto redistributivo; que el desempleo involuntario también está presente en el escenario de equilibrio marginalista; que el Estado puede y debe ser un actor de la producción y la redistribución, usando sus instrumentos soberanos (política económica, industrial, la política monetaria, de bienestar) con el objetivo del pleno empleo, esta sí realmente capaz de garantizar el crecimiento.

En un marco teórico similar Aldo Barba y Massimo Pivetti (La desaparición de la izquierda en Europa, Reggio Emilia, Imprimatur, 2016), reconstruyen, incluso más detalladamente que Cesaratto que también discute ampliamente, la historia de la posguerra, de los Gloriosos Treinta y Lamentables Treinta (que ahora son en realidad los Cuarenta) - para separar los dos períodos en el gran punto de inflexión de finales de los setenta -. La primera fase se caracteriza por el círculo virtuoso de crecimiento impulsado por políticas con tendencia hacia el pleno empleo y la estimulación moderada de la demanda, a partir de un equilibrado proteccionismo internacional (negociado en el GATT con el fin de que las exportaciones son impulsadas por el crecimiento interno), a partir de la soberanía económica del estado y su política fiscal progresiva; una realidad de fortalecimiento político y económico de la clase trabajadora, dictada por la exigencia post-guerra para abrir la sociedad a las masas (a través del Estado) y también por la existencia de la URSS como un modelo competitivo que fortalece las luchas populares. La ruptura de este modelo se debió principalmente a la inflación y el estancamiento resultante de los aumentos salariales arrancados a finales de los sesenta y aún más por la crisis del petróleo de mediados de los setenta, y especialmente de las respuestas que fueron dadas a los desequilibrios de balance pagos que se han producido desde entonces sistemáticamente.

Eran respuestas neoliberales, deflacionarias y antiestatalistas, implementadas por decisiones políticas específicas que han hecho hincapié en el nuevo relieve de la "restricción externa" y - en lugar de contrarrestarlo con una estrategia de desarrollo interno impulsado por la demanda, de las nacionalizaciones y del control de las importaciones (como era la propuesta de la izquierda laborista del inglés Tony Benn, y del proyecto socialista del gobierno Mauroy en Francia en 1981-82) - ha avalado una gestión "ortodoxa", basada en la austeridad, la deflación, la liberalización de los movimientos de capitales, la privatización, la reducción los salarios, la reducción de la contratación nacional, el desempleo masivo, remolcando la economía a partir de las exportaciones, limitación de la soberanía económica del Estado (reducido a ser un accionista de las empresas que fueron públicas), la desindustrialización debido a la deslocalización de las actividades productivas más pobres en los países con salarios bajos, con una consiguiente depresión de trabajo más grave de la que hubiese sido generada por la inflación.

La ruptura del círculo virtuoso de desarrollo económico y civil se produjo por primera vez en Inglaterra en las manos del laborista Callaghan y sobre todo después del winter of discontent 1978-1979, de la mano de la conservadora Thatcher; pero en Francia fue el trabajo de la propia izquierda que con Fabius, Rocard, Delors, así como Mitterrand (la "segunda izquierda"), reniega su propio programa electoral y juega la apuesta de subirse a la ola neoliberal para que Francia no permanezca aislada en Europa. El sueño es para provocar el crecimiento dirigido por las ganancias privadas de la multinacionales francesas, y sustituir el papel del Estado como regulador de la economía, con el euro como primer paso de una unificación política europea impulsada por Francia (el informe Delors, sobre el que luego se va a elaborar Maastricht)

En paralelo, la cultura desencadena el ataque a la URSS sobre la base de los libros de Solženicyn y destruye el mito con noveaux philosophes, mientras que la filosofía más avanzada con Derrida, Deleuze y Foucault elimina de raíz la posibilidad de interpretación y dialéctica la realidad de la clase; en paralelo, Francia redescubre su antigua vocación tecnocrática con la fundación Saint-Simon y la interpretación democrático-progresista de la historia y la política, que promueve con Furet y con Rosanvallon. 

Han sido las contradicciones inherentes del neoliberalismo las generadoras de desigualdades insostenibles e incertidumbres inmanejables, creadoras de burbujas y no de riqueza, falaces en su suposición de que aceptando la distribución natural del ingreso se llegaría a la plena utilización del capital y el trabajo, por lo que los salarios bajos generan el pleno empleo - y también la posición de Alemania, desde siempre hostil, en su egoísta mercantilismo ordoliberista, al keynesianismo, sino también una Europa política (como Hayek predijo un federalismo débil es el marco óptimo de una unión monetaria no fiscal), para hacer del neoliberalismo y del euro (que teniendo como objetivo la lucha contra la inflación, es decir, los salarios, lo que obliga a los estados a la deflación interna competitiva) uno de los factores más graves de la crisis económica, social y política de la historia Europea, que ha transformado el desempleo cíclico en estructural; pero fue la izquierda la que le abrió el camino de forma deliberada.

Ninguna inevitabilidad del neoliberalismo, ningún estancamiento secular de la economía para justificar la crisis, así como tampoco cualquier explicación demográfica, y ninguna ley natural (Piketty) en la explicación de la desigualdad generada por el capitalismo: las responsabilidades son claras, políticas, y son de la izquierda. Esta es la tesis básica que se desprende de los dos libros, duras acusaciones contra aquellos que por gestionar el poder han desfinanciado la salud, golpeado a las pensiones, agravado el desempleo, debilitado a los trabajadores y sus asociaciones, y hecho gravar con impuestos los salarios, privado el estado de su soberanía económica, sacrificandola a la producción de excedentes primarios con los que pagar el servicio de la deuda nominada en moneda extranjera (el euro), y ha impuesto la austeridad para cumplir con la restricción externa en lugar de atacarla con las políticas el crecimiento, los controles de capital y de moderado proteccionismo. Ese Euro que según Padoa-Schioppa citado por Cesaratto, tiene la tarea de enseñar a la dureza de la vida a las últimas generaciones populares que las han olvidado gracias al Estado social y a la casi total plena ocupación.

Análoga pureza y radicalidad ha surgido de la evaluación de la migración , y la respuesta en términos de aceptación indiscriminada que la izquierda da en nombre de la extensión ilimitada e incondicionada de la ideología de los derechos humanos; Barba y Pivetti ubican el origen del movimiento de masas planetarias en el colapso de la URSS, el debilitamiento de los países más pobres debido a las políticas del Consenso de Washington, y las guerras - que se presentan inicialmente como "democráticas" - que devastan los países de Oriente Medio, pero que también muestran que la acogida sin filtros en Europa servía a constituir aquel ejército industrial de reserva cuya existencia debilita a los trabajadores y tiende a reducir los salarios.

En este contexto, la historia italiana, la que surge tanto de Cesaratto como de Barba y Pivetti, está marcada por la debilidad de los Treinta Gloriosos: el milagro económico se basa más en las exportaciones que en la demanda interna, y es interrumpida por la "coyuntura" en los primeros indicios de reivindicaciones de los trabajadores, antes que la centro izquierda modifique las leyes urbanísticas; los años sesenta están llenos de oportunidades perdidas, por lo que Italia perderá energía nuclear y la electrónica; el ciclo de luchas abiertas en 1969 se responde con la estrategia de la tensión y un gasto público desordenado. La crisis del petróleo de mediados de los setenta de generar un desequilibrio estructural con el extranjero - la "restricción externa", desde entonces central en la historia económica del país - a la que se elige para responder no con controles de capital e importaciones, sino con políticas de recortes, deflación, y austeridad.

A los que el PCI de Berlinguer dió competencia decisiva -bajo la presión del golpe de estado en Chile y el terrorismo interno, y con el objetivo de obtener la admisión en el gobierno, o la plena legitimidad democrática - ofreciendo al poder dominante la disponibilidad de los trabajadores al "sacrificio", es decir a las políticas deflacionarias impuestas en el mundo del trabajo. Así que no sólo abrió el camino para los movimientos más enérgicos del neoliberalismo (la derrota de los trabajadores en Fiat en 1980, el "divorcio" entre el Tesoro y el Banco de Italia en 1981), no sólo el Partido Comunista se convirtió en el partido en el poder de esta manera sin estar en el gobierno, pero se consumaba con esa elección el principio de la disipación de la fuerza política de la izquierda. Una elección que los autores ven menos determinado por circunstancias objetivas y más abrumadora en continuidad con la obsesión histórica del Partido Comunista de los intereses generales interclasistas de la nación, que siempre ha proclamado su hosco custodio, siempre en "perspectivas orgánicas" y por lo tanto siempre en nombre de un extraño "socialismo" inalcanzable, una visión reformista y conflictiva de la sociedad y la economía. 

Juegan en esta actitud, según los autores, tanto Gramsci como Togliatti, esto es un defecto básico de la izquierda y de su cultura, que se detiene en el concepto gramsciano de "intelectual orgánico" (ciertamente no es una mente crítica, sino más bien un propagandista y organizador de consentimiento) y subordinado de hecho, también por la falta de familiaridad con la teoría económica, la línea secular-liberal de Croce y Einaudi, y por lo tanto ni siquiera keynesiano (la única excepción es el plan 1949-1950 de trabajo, redactado por Vittorio de CGIL , que preveía que las inversiones se autofinanciarían con el crecimiento económico que producen). El PCI estatista de hecho apuntaba a la introducción de las regiones en lo que respecta a las posibilidades de gobierno, y las pequeñas y medianas empresas para las estrategias de desarrollo; su propio escenario anti-monopolio estaba en un fondo liberal. Por tanto, la política del Partido Demócrata es de una sustancial continuidad con la historia de la izquierda italiana. 

Hoy la izquierda, en un contexto en el que los objetivos de empleo y crecimiento son confiados a los mercados y, sobre todo, a la flexibilidad laboral (de ahí la importancia estratégica del jobs act) y ciertamente no al Estado, en el que se sostiene el euro gracias a Draghi, que cada vez más contrarrestado por Alemania, es capturado bajo un "sarcófago" de invenciones financieras con la materia "radiactiva" de la moneda única, pero que sigue siendo peligrosa y lista para explotar. A nuestro país se abre solamente el camino de una disminución continua, o de un “contratiempo” como tal impredecible y difícil de manejar. Claro, Italia no es actualmente dueña de sí misma, ni es capaz de diseñar libremente su propio futuro - y en este callejón sin salida brilla por su ausencia las ideas de la política, solo dedicada inútilmente a peleas por cuestiones no esenciales porque las esenciales las han cerrado.

Se trata de dos libros decisivos y provocadores - en su ciencia - que nos dan una visión y una narrativa coherente de un período importante de la historia de la posguerra. Estos economistas heterodoxos – que no representan todo el espectro de la oposición a la corriente principal – dan un soplo de seriedad y concreción que tiene un efecto beneficioso sobre las mentes: barrerá las mentiras y farsas, y detrás de las narrativas de la propaganda del gobierno se pueden vislumbrar los perfiles abruptos de la realidad histórica material, sus conflictos, las decisiones que han favorecido y desfavorecido según la línea de clase. Un baño de realismo, a pesar de la comprensible amargura de la controversia - no son, en cualquier caso, libros partidarios, sino en realidad profesorales, con algunas soluciones expresivas de Cesaratto.

Dos libros brillantes con los cuales una izquierda que en realidad quiera ser crítica, independiente, alternativa, se debe medir. Tanto para la revisión que se propone la historia de la izquierda italiana - no nueva en sí misma, pero llevada aquí a un notable grado de coherencia y claridad - tanto para arrojar luz sobre Europa, cuya forma actual se remonta cálculos franceses de grandeza, frustrados por el ordoliberalismo mercantilista alemán. Tanto por el papel económico y político asignados al Estado y sus cuerpos sociales intermedios (unidos por un destino común), tema muy controvertido y divisorio (en teoría y práctica) en la izquierda, y finalmente para la evaluación de las políticas a seguir con los inmigrantes, también estas en fuerte contratendencia respecto al estado de ánimo dominante en toda la izquierda. Ambos, por supuesto, debido a que estos dos libros obligan a encajar en el tema más amplio de discusión política resbaladizo y difícil, pero inevitable, del euro. 

La izquierda que hoy gestiona a la Europa neoliberal, a la cual ofrecen siempre más cansadas narrativas y siempre más débiles exorcismos hacia los "populismos" (es decir, hacia las víctimas del automóvil europeo), la izquierda de la tercera vía, de la flexibilidad, de la austeridad, de la innovación con único sentido, del monetarismo y de las bonificaciones a los ciudadanos, de la exaltación de la "sociedad del riesgo", la izquierda no quiere oír hablar de los sindicatos, de los partidos políticos y el Estado, la izquierda que se suicidó a cambio de la gestión subalterna del poder está fuera de rango de la discusión que estos dos libros pueden cambiar. Pero también la izquierda moralista que todavía pide "más Europa" y los derechos humanos ilimitados, o incluso la antagonista y poco realista que confía sus posibilidades a la insurrección generalizada, se encuentran aquí, frente a una hipótesis diferente: una izquierda reformista en el sentido tradicional, que sabe reconocer el conflicto inherente de la sociedad, que toma parte por el trabajo, y que a través del estado quiere promover salvar a la sociedad de un desastre en el que el neoliberalismo la ha llevado; y que quiere hacerlo antes que la extrema derecha, pretendiendo salvar a los pobres elimine toda democracia. 

Naturalmente, hay posibles puntos de discusión: la principal es el planteo del siglo XX de todo el análisis. Que en sí mismo no es índice de error, pero sin duda plantea una pregunta: ¿cuál es el espacio político real para recuperar un papel del Estado en la economía de manera incisiva para contrarrestar las decisiones de hace cuarenta años de neoliberalismo? La radicalidad y el impacto del diagnóstico que contiene quizá no implican, por sí mismas, un mal pronóstico, una sentencia de muerte para la acción política que quiere ser tomada en serio? Dicho de otra manera: ¿cómo es posible en la práctica para rebobinar la película en la historia? Al mismo tiempo dando por descontado que el neoliberalismo no es una "necesidad", sino sólo el resultado de acciones políticas específicas, sin embargo, genera enormes consecuencias: ¿cómo se puede superar y corregir? ¿Cómo se puede "hacer lo contrario" del neoliberalismo? Se reitera que esta dificultad no implica que el análisis es en sí mismo incorrecto: no se puede esperar a que el médico sólo dé respuestas tranquilizadoras o complacientes. Pero la dificultad merece ser resaltada y afrontada no tanto para cambiar el diagnóstico, sino para llegar a, si es posible, una terapia apropiada. La izquierda tiene que ser realista en todos los sentidos: tanto en la presentación de los errores, como en el diseño de su remedio.

También, merece una consideración el lado filosófico de los dos libros. En primer lugar, la crítica radical (no extremista) a la historia del Partido Comunista, o la acusación de su a-criticidad de su marco teórico, a saber, el gramscismo y del togliattismo, y pone de relieve la difícil relación del Partido con el pensamiento crítico no filosófica (en este caso, el económico) y su cierre al "reformismo competitivo", no son nuevos en sí mismos, pero tienen implicaciones prácticas y estratégicas: quieren decir que hoy la izquierda ya no puede afirmar su continuidad con un pasado muy lejano, y decirle que esta fue traicionada hace relativamente poco tiempo; de hecho, implican que la izquierda debe ser propuesta ahora como "otra" respecto a buena parte de su historia, remota y próxima - aunque sino como "nueva" en el sentido de izquierda de los años setenta extraparlamentarias -: una izquierda finalmente de verdad "parte", aunque no grupuscular. Un desafío no menor: podría parecer que la izquierda para salir del callejón sin salida en el que se llevó a cabo su propio suicidio no pueda negarse a liquidar su pasado, matando a la imagen de su padre.

En segundo lugar, debe ser discutida la liquidación de los desarrollos de pensamiento negativos en Francia. Cuya derivación de Nietzsche y Heidegger es obvio, cuyo potencial deconstructivo de la narración marxiana está bien fundada, pero que es uno de los paradigmas más influyentes de la "teoría crítica" contemporánea. Una vez más, la acusación no es nueva para la teoría crítica francesa a la práctica su radicalismo en direcciones que niegan la posibilidad de identificar un punto determinado de explicación de la realidad (el poder resolverse en el gran mar del discurso y las prácticas de “gobierno" », en el caso de Foucault; cavando "marcha atrás " en la lengua, para mostrar su indeterminación intrínseca, en el caso de Derrida; y la renuncia a la subjetividad en el nombre del "deseo", en el caso de Deleuze), de modo que sea muy poco la crítica, y de ser una herramienta de ocultamiento en lugar de divulgación, de las contradicciones estratégicas de la realidad. 

Aquí las apuestas se extienden a una enorme pregunta: ¿Puede existir una izquierda, que no sea sólo un conjunto de peculiaridades intelectuales o sentimentales, armada de pensamiento no dialéctico (de deconstruccionismo, de indecisionismo, de movimientismo), incapaz de razonar en términos de "negación determinada"? Por supuesto que la respuesta no está preparada en algún lugar, y sólo puede salir de una reflexión de muchas voces dentro del ámbito de la propia izquierda, sobre qué de lo pensado es adecuado para captar las preguntas, y para facilitar las respuestas prácticas, sobre la posibilidad material de un nuevo humanismo en la era del triunfo de la economía más antiumana.

Motivos de discusión tenemos bastantes, se diría. Se trata, más bien, de ver si "intelectos valientes" que todavía se devanan los sesos en el pensamiento sobre la política, y tal vez incluso tratan de hacerlo, tienen la voluntad de discutir seriamente las tesis expuestas por los autores y, posiblemente, el valor de intentar un radical replanteamiento de la perspectiva de la izquierda; o si se lo prefiere, en realidad, al pequeño viaje de cabotaje de la política cotidiana.

nota original: Ragioni politiche



13 ene. 2017

La paradoja del desarrollo

 Por Claudio Scaletta



La primera medida económica de importancia de 2017 fue la completa desregulación a la salida de capitales. Fiel a su estilo, la prensa del régimen lo titulo al revés. La noticia fue la liberación de “trabas al ingreso de capitales”, cuando en realidad sólo se eliminó la obligación de que los capitales calientes permanezcan 120 días en el país, magros 4 meses, una medida que no desalentaba a ningún capital productiVo y sólo dificultaba parcialmente la especulación de cortísimo plazo. 

La flagrancia de la medida sirve para reconsiderar algunas cuestiones de fondo sobre la real naturaleza del gobierno de la Alianza PRO, lo que exige abandonar la dimensión local para elevarse a la escala planetaria. La nueva realidad política post 2015 no puede explicarse como una mera alternancia dentro de un régimen democrático estable. Tampoco se trata de una puja intraburguesa por la definición del modelo de desarrollo; de la oposición, por ejemplo, entre sectores que buscan que prevalezca la explotación de recursos naturales versus la industrialización. Mucho menos de la contradicción entre capital foráneo y local.

La nueva realidad es la expresión de un proceso de mayor complejidad cuyos resultados en términos de sustentabilidad social y política podrían ser inquietantes por dos razones fundamentales. La primera, porque aun en caso de que a la actual administración “le vaya bien” en sus propios términos, no crea empleo. Esto es así porque se concentra en el desarrollo de sectores con ventajas comparativas estáticas, como agro y energía, o sectores ya establecidos de la industria, los que en conjunto no son lo suficientemente demandantes de mano de obra, es decir; el modelo no es sustentable socialmente porque deja afuera a parte de la población. La segunda remite a que el nuevo régimen basa su funcionamiento en la entrada de capitales, principalmente bajo la forma de endeudamiento, una toma de deuda que además no se dirige a sectores generadores de divisas para el repago. En consecuencia el modelo tampoco es sustentable financieramente en su frente externo.

La pregunta del millón es por qué se reincide en una política económica que conduce a la insustentabilidad social y financiera, cuando tanto la teoría como la experiencia histórica, local y global, “conocen” el resultado.

La respuesta conduce directamente a los componentes de la contradicción principal: la economía global es conducida y controlada por una miríada de firmas multinacionales cuyo principal objetivo de política a nivel planetario es evitar las interferencias a la libre circulación de mercancías, incluido el capital financiero. En contraposición, los procesos de desarrollo en economías del tamaño de la Argentina, y en un mundo que se cierra, presuponen el sostenimiento de una demanda pujante en los mercados internos para, sobre esta base, desarrollar nuevos sectores económicos e incluir a la mayoría de la población en la producción y el trabajo. Esta necesidad determina una alianza inseparable entre los regímenes llamados populistas y las recetas económicas desarrollistas; heterodoxas por definición.

La primera síntesis provisoria, entonces, es que la contradicción principal de economías como la Argentina es entre las necesidades de las multinacionales, que gobiernan la economía global y se encuentran funcionalmente integradas con el poder económico local, y los procesos de desarrollo con diversificación de la estructura productiva. Las clases dominantes locales, en tanto auxiliares en términos gramscianos de las hegemónicas de los países centrales, no son “sujetos demandantes de desarrollo”. Al mismo tiempo, este desarrollo constituye un imperativo para la inclusión y, en consecuencia, para la sustentabilidad social de largo plazo de la economía. Aparece, entonces, una tensión política intrínseca, inmanente al desarrollo del capitalismo periférico y de muy difícil solución: ningún sector de las clases dominantes demanda la diversificación de la estructura productiva al tiempo que no puede existir estabilidad social y política sin inclusión, la que demanda diversificación de la estructura.

Si se observa la experiencia internacional surge que los procesos de industrialización tardía, como los casos paradigmáticos del sudeste asiático, entre otros, tuvieron a su favor el factor geopolítico en el contexto determinante de la Guerra Fría. Esto es, la voluntad y el apoyo contante de Occidente para que tal desarrollo se produzca. Estos países, contaron además con burocracias productivistas y autoritarias que disciplinaron y condujeron a sus clases dominantes. No parecen ser los casos de las economías latinoamericanas donde el factor geopolítico jugó en contra, es decir; con la potencia hegemónica continental jugando en contra del desarrollo y no a favor. Luego, los modelos neoliberales, no disruptivos, de países como Chile pueden funcionar porque los sectores que se desarrollan sobre la base de las ventajas comparativas estáticas y vinculados a los recursos naturales, alcanzan para incluir a la mayoría de la población. Un caso similar es el de Australia, que además contó con el factor adicional de su pertenencia al Commonwealth.

El desafío político que enfrentan países como Argentina es entonces mayúsculo. El desarrollo de su estructura productiva, es decir; su diversificación en un marco de expansión del mercado interno, demanda un proceso de “doble ruptura”. La primera, con las clases dominantes locales que conducen y se benefician del modelo actual. La segunda, con la integración global de estas clases en el régimen planetario conducido por las multinacionales. El desarrollo con grados crecientes de autonomía, integración productiva e inclusión social es, entonces, un proceso revolucionario y de consecución realmente azarosa.

Puede definirse a esta contraposición polar entre inevitabilidad e imposibilidad como la “paradoja del desarrollo”. La restauración neoliberal en curso, no ataca la paradoja, simplemente avanza en la dirección contraria: eliminar cualquier interferencia al gobierno global de las multinacionales. En este camino, la completa desregulación a los movimientos de capitales fue apenas un paso más.


Original: Pagina 12

8 ene. 2017

La desagradable aritmética del ajuste fiscal





"Si a General Motors, a AT&T y a las familias individuales se les exigiera equilibrar sus presupuestos del mismo modo como se le exige al gobierno Federal, no existirían obligaciones empresariales ni hipotecas ni préstamos bancarios, y habría muy pocos automóviles, teléfonos y viviendas".


William Vickrey (Premio Nobel de Economía, 1996)





Por Fabián Amico* y Alejandro Fiorito** 



El gobierno de Cambiemos hizo de la disminución del déficit fiscal un punto medular de su política. La contención/ajuste del gasto público debía llevar a una baja del déficit fiscal, lo que desencadenaría una serie de eventos que llevarían a retomar el crecimiento.
Veamos esto más de cerca. La idea de reducir el déficit fiscal en términos del PIB supone reducir un ratio o proporción ((G-T)/Pib) cuyos elementos interactúan. La contabilidad hogareña no sirve aquí de mucho simplemente porque la analogía entre el gobierno y una economía familiar o una empresa privada es falsa. Una familia no imprime dinero y una empresa no puede fijar la tasa de interés que paga por ninguna de sus deudas. Pese a los esfuerzos por hacer que el Estado se parezca a una familia (por caso, prohibiendo que se financie con "emisión"), es imposible que se parezcan.
Una familia nunca influirá sobre sus ingresos aumentando o bajando sus gastos. El gobierno sí. Una familia "austera" puede controlar el resultado de sus gastos e ingresos; el gobierno no. Los ingresos del gobierno no son independientes de sus gastos. El gobierno puede decidir cuánto gastar, pero no puede decidir cuánto "ganar" (recaudar) porque eso depende también de decisiones del sector privado (hagamos de cuenta que estamos en una economía cerrada).
Cuando el gobierno expande su gasto, aumenta el PIB aunque en una proporción mayor dado que existe un cierto efecto multiplicador. Para nuestros fines, basta con suponer un multiplicador modesto, apenas por encima de la unidad. En este contexto, el mayor gasto público supone mayores ingresos privados y por ende aumenta la recaudación tributaria. Ocurre al revés con la reducción del gasto: hay menor actividad y menores impuestos. Pero la recaudación tampoco varía proporcionalmente con el PIB: la elasticidad de los principales impuestos ante cambios del PIB en Argentina es entre 1,4 y 1,9 (muy alta). O sea, cuando el PIB cae 1%, la recaudación disminuye entre 1,4 y 1,9%.
¿Por qué el gobierno está empecinado en disminuir/ eliminar el déficit fiscal? Porque esa sería una condición para el aumento (o llegada) de inversiones, que sería el motor "genuino" del crecimiento sostenido. La inversión aumentaría gracias a la mejora de la confianza y también por la reducción de los costos de financiamiento resultante de la disminución del déficit fiscal.
Hay aquí un problema adicional para el gobierno. Uno de los trabajos empíricos más completos sobre los determinantes de la inversión productiva privada en Argentina es el realizado por Coremberg y otros economistas (Coremberg, Marotte, Rubini & Tisocco, "Inversión privada en Argentina, 1950-2000”). El análisis econométrico los llevó a concluir que “el comportamiento de la inversión privada en Argentina durante el período 1950-2000 habría sido procíclico, mayormente asociado a las variaciones en la demanda agregada, similar al mecanismo del acelerador”.
Primera mala noticia: la reducción de la demanda agregada, consecuencia del ajuste fiscal, supone así un obstáculo infranqueable al aumento de la inversión privada. Más simplemente, y como todos los economistas y periodistas están comprobando a diario: ¿quién va a invertir si no hay a quién venderle la mayor producción?
Segunda mala noticia: Coremberg y cia comprobaron también que las variables proxy del costo de invertir (tasas de interés nominal y real, activa y pasiva, etc.) “no resultan significativas en una relación de largo plazo con la inversión privada” y agregan que el volumen de crédito no resulta significativo para explicar la inversión privada. Por tanto, aun suponiendo que la reducción del déficit tenga alguna relación con el costo del financiamiento, el ajuste sería de todos modos un esfuerzo inútil, ya que el costo de invertir no resulta relevante para la inversión agregada, así como tampoco lo es el volumen de crédito.
Tercera mala noticia: Coremberg y cia examinaron la relevancia de la llamada "inseguridad jurídica" sobre la inversión y las regresiones ensayadas con variables dicotómicas proxy de quiebres institucionales significativos no revelaron ninguna correlación definida. La "confianza" parece no ser tan importante.
La implicancia directa del análisis previo es que si el ajuste fiscal impacta negativamente en la demanda agregada (como lo está haciendo), eso implica una reducción en el PIB y por tanto una caída de la inversión! (lo contrario de lo que busca el gobierno).
Así llegamos a la "desagradable" aritmética del ajuste en curso. Haciendo cuentas simples: si el gobierno recorta el gasto público real, eso hace caer el PIB por el monto recortado más un múltiplo. El menor PIB induce una caída de la inversión, que a su vez reduce adicionalmente el PIB (porque la inversión es también un componente de la demanda). Finalmente, la recaudación cae más que proporcionalmente que la caída del PIB. Por ende, los ingresos fiscales caen más rápido que los gastos y que el PIB. Nuestro ratio, (G-T)/Pib empeora (aumenta) y el PIB y la inversión disminuyen.
Y después de todo, ¿es tan apremiante eliminar el déficit fiscal? Si el gobierno se endeudara en moneda doméstica para financiar el déficit, no hay ninguna posibilidad de que el Estado quiebre en su propia moneda. Sea una bono del Tesoro o las Lebac del BCRA, ninguna deuda en pesos podrá "explotar" nunca. Si hay desempleo (hay) y existe capacidad ociosa (existe), cuando el gobierno se endeuda para gastar eso aumenta el nivel de actividad y de empleo. El problema es el endeudamiento en dólares, justamente porque no "fabricamos" esos billetes verdes, y ahí -como sabemos- se puede quebrar en grande.
Esto ayuda a comprender el sinsentido del "gradualismo", que en verdad sería una política igualmente contractiva, solo que menos contractiva. Por ende, hace menos ajuste que los partidarios del shock, pero hace ajuste. Así, la política del gobierno, sea gradualista o de shock, no consigue disminuir el déficit fiscal, ni aumentar la inversión ni relanzar el crecimiento. Más bien, en Argentina el crecimiento sería una condición previa para disminuir el déficit fiscal, lo cual torna bastante irrelevante la propia preocupación por el déficit, como sostenían Abba Lerner y los viejos keynesianos.
Lo menos que se puede pedir es que si van a comparar el gobierno con una empresa, al menos la comparación se realice con una empresa real, como bien decía William Vickrey en la cita inicial. En fin, las deudas son parte integrante de la economía moderna. Solo hay que elegir con cuidado en qué moneda nos endeudamos.
 * Economista. Director de Revista Circus
**Economista. Profesor de la Universidad Nacional de Moreno

Original: Pagina 12